El otro día me harté de arreglar pinchazos. Con la excusa de
que tenía que aliviar a Iciar de la tarea de poner un parche en su rueda
delantera, aproveché y saqué todas las cámaras que suelo llevar en la mochila
cada vez que salgo con Scotty. Lo cierto es que hace tiempo que no pincho, así
que ni sabía cuántas cámaras llevaba almacenadas a la espalda. Pues eran cinco.
¡CINCO! Y algunas de ellas, por si fuera poco, tenían hasta dos respiraderos por
los que echaban todo el aire que yo les metía con la bomba. No hizo falta ni hacerles
la prueba del agua, tales eran los desgarros y tomates que lucían las gomas.
Aquí hay pues, dos temas a analizar en la mesa de autopsia. Uno: por qué no reviso mejor lo que llevo de equipaje? Con el paso del tiempo cronológico, y con el desgaste del tiempo atmosférico que somete a las cámaras –supongo yo- a unos cambios drásticos de temperatura y humedad, es posible que la goma se cuartee, se aje o se desintegre sin más. Va uno tan tranquilo a 80 kilómetro de casa creyéndose seguro con su kit de supervivencia antipinchazo, y va y Zas! Cambia una, y cambia otra, y otra… y las cinco. Cambia las cinco. Y todas con tomates como los talones de mis calcetines. Así que bienvenida fue la avería de Iciar para que revisara todo y reseteara la mochila. Porque esa es otra, (y ahí va el punto dos), por muy de goma que sean, eran muchas las cámaras (sin contar la sexta que va incrustada en el baulillo que cuelga de la trasera del sillín) con el peso que eso sumará ya al gramaje total de la bomba, de la llave multiusos, de la chaqueta cortavientos por si cambiara el tiempo en la mitad de la travesía, de la cajita con cereales del año pasado, con frutas escarchadas y con migas de galletas de chocolate que siempre llevo por si me diera un pajarón, … O sea, demasiados gramos que sumar a los ya perennes ochenta y cinco mil que van conmigo doquiera que yo vaya. Y es que luego vas a alguna marcha, de esas de pay per run, y cuando te paras en el primer avituallamiento, reventao a más no poder, te cruzas con los mazas que ya vuelven después de hacer la larga de 68 kms, y te dicen los del chiringuito que esos ni paran a hacerse el homenaje de la chocolatina y la porción de naranja con tal de no perder minutos, y que –y ahí es cuando me da la risa floja- algunos les quitan los taponcitos a las válvulas de las cámaras para restarle peso al conjunto. ¡Ay, que me da algo! Si en la última Marcha de Sto Domingo de la Calzada que hice, a eso de finales de mayo, un paisano chocarrero me dijo eso de, a ti te van a dar algún premio, mi primo, por llevar esa maleta a la espalda que pareces un sherpa, mi arma.
Aquí hay pues, dos temas a analizar en la mesa de autopsia. Uno: por qué no reviso mejor lo que llevo de equipaje? Con el paso del tiempo cronológico, y con el desgaste del tiempo atmosférico que somete a las cámaras –supongo yo- a unos cambios drásticos de temperatura y humedad, es posible que la goma se cuartee, se aje o se desintegre sin más. Va uno tan tranquilo a 80 kilómetro de casa creyéndose seguro con su kit de supervivencia antipinchazo, y va y Zas! Cambia una, y cambia otra, y otra… y las cinco. Cambia las cinco. Y todas con tomates como los talones de mis calcetines. Así que bienvenida fue la avería de Iciar para que revisara todo y reseteara la mochila. Porque esa es otra, (y ahí va el punto dos), por muy de goma que sean, eran muchas las cámaras (sin contar la sexta que va incrustada en el baulillo que cuelga de la trasera del sillín) con el peso que eso sumará ya al gramaje total de la bomba, de la llave multiusos, de la chaqueta cortavientos por si cambiara el tiempo en la mitad de la travesía, de la cajita con cereales del año pasado, con frutas escarchadas y con migas de galletas de chocolate que siempre llevo por si me diera un pajarón, … O sea, demasiados gramos que sumar a los ya perennes ochenta y cinco mil que van conmigo doquiera que yo vaya. Y es que luego vas a alguna marcha, de esas de pay per run, y cuando te paras en el primer avituallamiento, reventao a más no poder, te cruzas con los mazas que ya vuelven después de hacer la larga de 68 kms, y te dicen los del chiringuito que esos ni paran a hacerse el homenaje de la chocolatina y la porción de naranja con tal de no perder minutos, y que –y ahí es cuando me da la risa floja- algunos les quitan los taponcitos a las válvulas de las cámaras para restarle peso al conjunto. ¡Ay, que me da algo! Si en la última Marcha de Sto Domingo de la Calzada que hice, a eso de finales de mayo, un paisano chocarrero me dijo eso de, a ti te van a dar algún premio, mi primo, por llevar esa maleta a la espalda que pareces un sherpa, mi arma.
Y es que cuando empezó a arreciar la calor, pues claro, me quité el chubasquero, y luego el cortavientos, y luego el mallot, y claro, todo fue a la baca, que parecía que no fuera sino a amarrarlo todo con unos pulpos como hacía mi padre cuando nos llevaba de veraneo al pueblo en su ochocientos cincuenta, y luego en su ciento veintisiete, y luego en su erre doce, y luego en su Patrol, que parecía un oficial de la ertzaina en misión secreta.
Pues eso, que a ver si me aprendo la lección. Que con una
camarita, que esté en buenas condiciones, más que suficiente. Y a revisar
siempre antes de salir, como dice la DGT siempre por estas fechas.

